A. se despertó y se dio cuenta de que tenía una erección en su pene. Empezó a acariciarlo y frotarlo.
Pensó: "Mi pene, morado y palpitante, lleno de pasión e intensidad, tiene que conformarse con ser acariciado con mi mano temblorosa, pues no hay mujer alguna que se atreva a tocarlo después de verme a los ojos y escucharme hablar".
Para después agregar: "Parece que hay algo increíblemente simple y natural en los demás, que aún y por más que intente descifrar o aparentar no podré entender. Veo el juego y lo analizo, pero no sé cómo jugarlo".
Después, su pene eyaculó y no él. Se quedó callado y se acurrucó entre almohadas y sábanas y trató de conciliar el sueño sin encontrarlo durante el resto de la noche.

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