A. se despertó al lado de una mujer de belleza etérea. Se frotó los ojos para distinguir mejor su forma y no pudo creer que una figura tan magnífica, delicada y bella compartiera la habitación con él.
- ¡Qué hermosa se ve! –A. se dijo. –Tan tierna y hostil, tan protegida y desnuda. Quisiera abrazarla por la espalda, respirar bajo la locura de sus cabellos castaños y quedar hipnotizado por su fragancia, pasar mi mano por su cuello delicado, acariciarle un pecho, tocar su vientre... ¡y atravesar sus caderas y recorrer la infinidad de sus piernas kilométricas!
Siguió publicando en voz baja sus deseos, esperando que la mujer se despierte y que, ablandada por el silencioso discurso teñido de pasión y ternura, sea ella quién lo invite a realizar sus deseos.
La mujer no despertó. A. no pudo cerrar los ojos y volver a dormir.

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