jueves, 13 de octubre de 2011

Los ciclos

A. se despierta a las 8 PM. Su boca sabe a mierda. No ha comido nada en más de 15 horas y su boca sabe a mierda. Abre los ojos y lo primero que hace es checar su celular para ver si le han hablado pues su sueño es pesado y casi nada lo despierta. Tiene tres llamadas sucesivas de un número desconocido. No repara en llamar de regreso. Se levanta y va a su computadora. Checa novedades, noticias, comentarios de la gente, etc. Revisa su correo y lee uno bueno entre 10 de notificaciones, basura y pendejadas.

Ya no trabaja donde trabajaba antes. Se salió. Tuvo el sueño de regresar a París y en el último instante se echó para atrás. Ya había dejado su empleo y arreglado sus papeles. Miró hacia atrás y pensó alguna pendejada como "pero algo me falta terminar aquí". ¡Qué pendejo!

Ahora bebe cerveza y escribe sus pensamientos. Extraña a la chica que siempre ha querido, esa que vive a unos cuantos minutos de su casa, la hermana de su mejor amigo, la niña chiflada que no puede tener y lo vuelve loco. Días antes relató a un amigo de como "le encanta hacerla enojar, sólo para molestarla". Qué sano. Un disque hombre con mentalidad de niño. Justo lo que el mundo necesita.

Frecuentemente se pregunta si su existencia beneficia al mundo más de lo que lo daña. En muchos sentidos su impacto es más negativo que positivo. Digo, sí hay uno que otro loco que aprecia a A. al grado de decírselo, pero sigue siento totalmente insignificante a gran escala. Se pregunta esto todo el tiempo, pero todo termina con una leve insatisfacción acumulable.

En fin. Sí. No tiene nada que hacer. Entonces se pone a ver re-runs de series de televisión que ya ha visto. Ve comentarios chistosos en internet. De sus amigos ya nadie lo quiere pelar. Nadie quiere tomarse el tiempo para platicar con él porque saben qué hablará de tonterías o hará sentir mal a los demás quejándose e insultándose a sí mismo.

jueves, 28 de abril de 2011

El tiempo que pasó

A. se despertó. Era otro. Había envejecido. En su rostro se marcaban las primeras arrugas en sus mejillas, producto de su sonrisa mentirosa. Había dejado su trabajo en París y lo sustituyó por uno en Monterrey donde tenía más libertad creativa, pero seguía siendo un don nadie, un perdedor cualquiera que era atropellado por una pésima legislación laboral que no le daba seguridad en ningún sentido. En su trabajo podía ver como se iba atenuando su disque genialidad por míseros centavos. Había sucumbido a un trabajo de ingeniero cuando sus estudios habían sido en física. La sociedad lo había vencido.

Se vio en el espejo y se imaginó canoso, calvo y panzón. Obviamente nunca fue un Adonis, pero le dolía ver el pasar del tiempo. Imaginarse horrible era como imaginarse más infeliz, más vencido y más perdido sobre quién era realmente.

Uno pensaría que después de tantos años, de tantos momentos experimentando sentimientos con el teclado explayando sus pensamientos e inventado historias A. estaría más cerca de la iluminación... pero se equivocaría. Más viejo y quejumbroso, A. se sentía sin futuro y sin nada que ofrecerle al mundo. Quería dejar de comer para morirse de hambre y al mismo tiempo dejar de fumar para vivir más.

Sigue sin sentir aprecio ni admiración de nadie. Sus amigos más cercanos lo insultan bromeando y parecen sólo ser felices cuando A. pasa una adversidad. ¿Quiénes son estas personas?

A veces parece que le duele el alma y carga con el horror de los que le rodean, pero se hace el fuerte, el idiota e insensible. Le resulta fácil. Hay veces que hasta se le olvida que es miserable, sí, pero no deja de ser esa persona que todas las noches piensa en toda la gente que jamás volverá a ver y las últimas palabras que les dijo, en lo vacío e insulso que fue y en su egoísmo que no puede controlar.

Ahora se está desvistiendo. Se quita su camiseta con la leyenda de "Wish you were here". La misma prenda que su amiga usaba para dormir. Ahora ella estaba muerta y A. se duerme con ella: la camiseta de un muerto. Extraña mucho tomar café en su cuarto y platicar sobre sus vacaciones familiares. Extraña jugar con sus muñecos de peluche, hacer voces, tomarles fotos y darles vida. La extraña mucho y no le puede decir a nadie. Carga con ella y no le dice nunca a nadie. La quiso mucho y se siente mal de haberla perdido. Y como patán de primera se atreve a decir cada noche "ojalá tú no te hubieras muerto y se hubiera muerto ella". Le sangra la boca después de lavarse los dientes. Se acuesta y decide dejar una huella digital de su vacío. ¿Con la esperanza de qué? Ella no regresará y él seguirá siendo A.