jueves, 28 de abril de 2011

El tiempo que pasó

A. se despertó. Era otro. Había envejecido. En su rostro se marcaban las primeras arrugas en sus mejillas, producto de su sonrisa mentirosa. Había dejado su trabajo en París y lo sustituyó por uno en Monterrey donde tenía más libertad creativa, pero seguía siendo un don nadie, un perdedor cualquiera que era atropellado por una pésima legislación laboral que no le daba seguridad en ningún sentido. En su trabajo podía ver como se iba atenuando su disque genialidad por míseros centavos. Había sucumbido a un trabajo de ingeniero cuando sus estudios habían sido en física. La sociedad lo había vencido.

Se vio en el espejo y se imaginó canoso, calvo y panzón. Obviamente nunca fue un Adonis, pero le dolía ver el pasar del tiempo. Imaginarse horrible era como imaginarse más infeliz, más vencido y más perdido sobre quién era realmente.

Uno pensaría que después de tantos años, de tantos momentos experimentando sentimientos con el teclado explayando sus pensamientos e inventado historias A. estaría más cerca de la iluminación... pero se equivocaría. Más viejo y quejumbroso, A. se sentía sin futuro y sin nada que ofrecerle al mundo. Quería dejar de comer para morirse de hambre y al mismo tiempo dejar de fumar para vivir más.

Sigue sin sentir aprecio ni admiración de nadie. Sus amigos más cercanos lo insultan bromeando y parecen sólo ser felices cuando A. pasa una adversidad. ¿Quiénes son estas personas?

A veces parece que le duele el alma y carga con el horror de los que le rodean, pero se hace el fuerte, el idiota e insensible. Le resulta fácil. Hay veces que hasta se le olvida que es miserable, sí, pero no deja de ser esa persona que todas las noches piensa en toda la gente que jamás volverá a ver y las últimas palabras que les dijo, en lo vacío e insulso que fue y en su egoísmo que no puede controlar.

Ahora se está desvistiendo. Se quita su camiseta con la leyenda de "Wish you were here". La misma prenda que su amiga usaba para dormir. Ahora ella estaba muerta y A. se duerme con ella: la camiseta de un muerto. Extraña mucho tomar café en su cuarto y platicar sobre sus vacaciones familiares. Extraña jugar con sus muñecos de peluche, hacer voces, tomarles fotos y darles vida. La extraña mucho y no le puede decir a nadie. Carga con ella y no le dice nunca a nadie. La quiso mucho y se siente mal de haberla perdido. Y como patán de primera se atreve a decir cada noche "ojalá tú no te hubieras muerto y se hubiera muerto ella". Le sangra la boca después de lavarse los dientes. Se acuesta y decide dejar una huella digital de su vacío. ¿Con la esperanza de qué? Ella no regresará y él seguirá siendo A.