lunes, 28 de septiembre de 2009

La sonrisa torcida

A. se despertó. Entró directamente a su baño, subió la tapa de la taza y vomitó. Su estómago se contraía resultando en una mezcla de jugos gástricos y alimentos mal digeridos con el agua que llegó a salpicar su rostro pálido y manchar sus cabellos.

Después de un rato, A. se levantó y se lavó la boca y la cara. Se vio al espejo durante unos instantes. Sintió que se estaba muriendo lentamente. Ya nada le causaba asombro, sentido o le despertaba sentimiento alguno. Ver su propio rostro medio dormido con restos de vómito en el cabello y unas ojeras gigantescas no le daba ni asco ni lástima, no sentía nada.

Lo único que en lo que reparó en pensar en ese momento fue en su naturaleza fluctuante. Siempre había sido una de dos: genialmente destacado o sumamente incompetente.

Ya van varios años desde que decidió encontrarle orientación a su genialidad, buscando algo que lo pudiera satisfacer al máximo, sin embargo no había avanzado ni la más mínima distancia hacia su objetivo. Al contrario, se sentía más infeliz, desdichado y confundido que antes.

A. echó otro vistazo al espejo y limpiándose el cabello con un trozo de papel higiénico mostró una sonrisa torcida. Ni él supo el porqué de su mueca.

lunes, 14 de septiembre de 2009

La casa de la abuela

A. se despertó. Su madre le habló para decirle que iba a ir a casa de su abuela a recoger cosas de la herencia, invitándolo a que la acompañara. Después de hacer un coraje mañanero, A. decidió levantarse. Se arregló lo más rápido que pudo, y en menos de diez minutos ya estaba listo.

En el trayecto se sumergió en la lectura de uno de esos libros de esa serie famosa que todo mundo leyó en Francia el año pasado.

Ya hacía varios años que A. no visitaba la casa de su abuela. Ella había fallecido unos meses atrás y A. no había podido asistir a su entierro ya que estaba en Europa.

Entre fotografías y vestidos de novia, A. se sorprendió de lo frescos que le resultaban los recuerdos de su abuela y de su infancia. Aunque otros de ellos, los más extraños e interesantes, surgían como golpes del vacío, pescaban a A. desprevenido y lo ponían a revivir etapas de su vida que parecían nunca haber ocurrido.

Fue particularmente interesante cuando A. estaba revisando unos papeles y se encontró con una fotografía muy extraña, de alguien que le parecía tan lejano y familiar al mismo tiempo. Guardó la foto en su bolsillo y no le dijo a nadie.

Después de un rato terminaron de cargar la camioneta y se fueron. Y quién sabe si volverán.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

La declaración

A. se despertó frente a su a computadora portátil. La pantalla se había apagado y solamente se escuchaba a Syd Matters. Había pasado toda la noche intentando escribir un reporte para su empresa, sin embargo no pudo evitar verse atraído por la conversación que tenía con una amiga vía mensajería instantánea.


Había empezado como cualquier otra conversación de naturaleza virtual, donde quizás un análisis más detallado sea necesario mas no se hará en este momento. A. le preguntó que iba a hacer durante el fin de semana y ella le contestó que acababa de ponerse la mejor borrachera de su vida.


La conversación se tornó más densa cuando A. se vio atacado por la declaración de sentimientos de parte de su amiga. A. empezó a cuestionarse de la veracidad de estos, dado su aparente estado alcoholizado.


A. no compartía la misma visión respecto a su amiga.


Durante su impactante declaración la amiga le hizo notar que los atributos más encantadores de A. eran su extrema timidez, su obsesión con dibujar dinosaurios en cualquier servilleta o papel disponible y el aire misterioso y oscuro que emanaba su forma de caminar.


A. se vio más interesado en por qué alguien podría considerar eso atractivo mientras que sus seres más queridos le criticaba las mismas cualidades que su amiga encontraba tan encantadas.


Sin embargo, un súbito ataque de sueño hizo que A. se recargara sobre sus brazos cruzados mientras leía los mensajes de su amiga y escuchaba el disco completo de Ghost days. Hasta que lentamente cerró los ojos y se quedó dormido.


En su despertar A. encontró una ventana de conversación con un discurso larguísimo terminando por la frase:


"Tú que sientes o piensas al respecto?"


Entonces, sin pensarlo dos veces, A. escribió "no siento nada", cerró la pantalla de su computadora y se fue a dormir.

martes, 1 de septiembre de 2009

El perro cortado a la mitad

A. se despertó, abrió los ojos y prestó atención al ladrido descomunal de un perro. No era cualquier perro, era el perro de su hermana. Dado su temperamento hostil (que no hacía juego con su tamaño) el perro fue fácilmente odiado por A. desde el instante en que le oyó ladrar por primera vez.

Es por eso que en su sueño más reciente lo había asesinado inconscientemente, dándole de comer una tira de metal delgada y filosa bañada en grasa de carne. El perro lloraba y se convulsionaba mientras A. y su madre intentaban calmarlo. La tira de metal terminó, de una manera inexplicable, cortando el cuerpo minúsculo del perro por la mitad en dos trozos exactamente iguales.

Pero sólo era un sueño del cual A. acababa de despertar. Y entre los ladridos ensordecedores e irracionales del animal A. sonrió y se dijo a sí mismo: "Todavía me queda algo de humanidad".