A. se despertó. Entró directamente a su baño, subió la tapa de la taza y vomitó. Su estómago se contraía resultando en una mezcla de jugos gástricos y alimentos mal digeridos con el agua que llegó a salpicar su rostro pálido y manchar sus cabellos.
Después de un rato, A. se levantó y se lavó la boca y la cara. Se vio al espejo durante unos instantes. Sintió que se estaba muriendo lentamente. Ya nada le causaba asombro, sentido o le despertaba sentimiento alguno. Ver su propio rostro medio dormido con restos de vómito en el cabello y unas ojeras gigantescas no le daba ni asco ni lástima, no sentía nada.
Lo único que en lo que reparó en pensar en ese momento fue en su naturaleza fluctuante. Siempre había sido una de dos: genialmente destacado o sumamente incompetente.
Ya van varios años desde que decidió encontrarle orientación a su genialidad, buscando algo que lo pudiera satisfacer al máximo, sin embargo no había avanzado ni la más mínima distancia hacia su objetivo. Al contrario, se sentía más infeliz, desdichado y confundido que antes.
A. echó otro vistazo al espejo y limpiándose el cabello con un trozo de papel higiénico mostró una sonrisa torcida. Ni él supo el porqué de su mueca.

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