lunes, 14 de septiembre de 2009

La casa de la abuela

A. se despertó. Su madre le habló para decirle que iba a ir a casa de su abuela a recoger cosas de la herencia, invitándolo a que la acompañara. Después de hacer un coraje mañanero, A. decidió levantarse. Se arregló lo más rápido que pudo, y en menos de diez minutos ya estaba listo.

En el trayecto se sumergió en la lectura de uno de esos libros de esa serie famosa que todo mundo leyó en Francia el año pasado.

Ya hacía varios años que A. no visitaba la casa de su abuela. Ella había fallecido unos meses atrás y A. no había podido asistir a su entierro ya que estaba en Europa.

Entre fotografías y vestidos de novia, A. se sorprendió de lo frescos que le resultaban los recuerdos de su abuela y de su infancia. Aunque otros de ellos, los más extraños e interesantes, surgían como golpes del vacío, pescaban a A. desprevenido y lo ponían a revivir etapas de su vida que parecían nunca haber ocurrido.

Fue particularmente interesante cuando A. estaba revisando unos papeles y se encontró con una fotografía muy extraña, de alguien que le parecía tan lejano y familiar al mismo tiempo. Guardó la foto en su bolsillo y no le dijo a nadie.

Después de un rato terminaron de cargar la camioneta y se fueron. Y quién sabe si volverán.

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