A. se despertó, abrió los ojos y prestó atención al ladrido descomunal de un perro. No era cualquier perro, era el perro de su hermana. Dado su temperamento hostil (que no hacía juego con su tamaño) el perro fue fácilmente odiado por A. desde el instante en que le oyó ladrar por primera vez.
Es por eso que en su sueño más reciente lo había asesinado inconscientemente, dándole de comer una tira de metal delgada y filosa bañada en grasa de carne. El perro lloraba y se convulsionaba mientras A. y su madre intentaban calmarlo. La tira de metal terminó, de una manera inexplicable, cortando el cuerpo minúsculo del perro por la mitad en dos trozos exactamente iguales.
Pero sólo era un sueño del cual A. acababa de despertar. Y entre los ladridos ensordecedores e irracionales del animal A. sonrió y se dijo a sí mismo: "Todavía me queda algo de humanidad".

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